Hay momentos en los que uno siente que necesita hablar de ciertos temas, mostrarse de otra manera, y conectar desde el corazón. Y si hay algo que Hugo Soca aprendió en su vida es que no existen fracasos, sino experiencias que dejan aprendizajes. Aprendió a decir “te quiero”, a vivir con intensidad y alegría, a tocar fondo y volver a levantarse, a priorizarse, a soñar en grande, a cultivar relaciones que le den paz y libertad, y también, a permitirse segundas oportunidades en el amor. CARAS compartió una charla íntima y exclusiva con el chef y comunicador que seguro resonará en más de un lector.
—En todas las entrevistas habla siempre de sus proyectos laborales. ¿Qué tal si en esta hablamos del amor?
—Me encanta la idea y te voy a contar algo que nunca hablé. Si bien el amor estuvo presente en mi casa, tuve un amor hermoso de mi madre, de mi familia, de mis hermanas, no conocí el amor de mi padre. Siempre hubo una distancia entre él y yo, no había una conexión. Cuando él fallece, a mis 15 años, me di cuenta que nunca le había dicho te quiero y que ya era tarde. Yo vengo de una familia rural, donde había cosas que no se hablaban, por ejemplo, sobre sexo. Había temas que eran tabú. Y de ese amor de padre e hijo no se hablaba. Y uno tiene que decir lo que siente, no guardarse nada. Años después, cuando mi madre ya estaba grave, internada, me senté a su lado, le agarré la mano y le dije: “Fuiste una hermosa madre, fuiste mi maestra porque me enseñaste todo lo que hago hoy. Te doy las gracias por eso. Y quiero que si hay algo que no te animaste nunca a preguntarme, me lo preguntes”. Porque no hay que dejar pendientes con los seres queridos. No hay que tener miedo, porque cuando no están, no hay vuelta atrás. Y abrazar a las personas que queremos. Hay un tabú enorme en la sociedad a decir te quiero, a demostrar los sentimientos, a abrazar. Cuando mi padre fallece, yo no me quedé pensando que me quedaba solo con mi madre en el medio del campo, me quedé con el aprendizaje de que nunca le había dicho te quiero. Y a partir de ahí, me dije que tenía que empezar a decir te quiero a la gente. Creo que de cada momento triste que vivimos, siempre hay que rescatar algo positivo.

—¿Y cómo era la relación con sus hermanas?
—Ellas fueron pilares en mi vida. Fueron como madres para mí, porque cuando nací, tenían 14 y 15 años. Myriam me recibió en su casa cuando me fui del campo para hacer el liceo; lamentablemente falleció hace 4 años de cáncer y nos quedaron charlas pendientes. Y mi hermana Doris fue un gran apoyo cuando me vine a Montevideo para desarrollar mi carrera. Gracias a ella he logrado todo lo que logré. Tengo una relación muy linda, y ahora nos vamos por primera vez con ella y mi sobrino de viaje a Brasil.
—¿Y cuál ha sido su experiencia en cuanto al amor de pareja?
—Una de las historias que más me marcó fue cuando me enamoré perdidamente de mi mejor amigo, pero nunca me animé a decírselo. Pasó el tiempo, y un día nos sentamos a charlar de la vida, y le confesé que hacía años yo lo amaba. Y él me dijo que a él también le pasaba lo mismo. Entonces la vida me dio otra lección sobre el amor: Hay que decir lo que uno siente, arriesgarse. Después de un par de meses, Javier falleció en un accidente, y aprendí que a partir de ese día, me la iba a jugar siempre por amor.
—¿Y qué fue lo más loco que hizo por amor?
—Recuerdo que estaba trabajando en Punta del Este, conocí a un paraguayo, renuncié a todo y me fui a Paraguay. Igual siempre fui una persona un poco reacia al amor. Me costó mucho entregarme, amar. De hecho, mi primer novio fue a los 28 años. Nunca quise tener novio, no sentía que quería enamorarme, no creía en el amor. Y eso tiene que ver con todo mi pasado y que no nos enseñan a amar…
—¿Por qué dice eso? ¿No había amor entre sus padres?
—No. Yo siempre vi desde chico que mis padres no se amaban. Vivían juntos pero sin amor. Creo que eso fue lo que de grande me marcó. Y por eso no me animaba a amar.
—¿Pero luego estuvo en pareja muchos años verdad?
—Sí, tuve una relación de 13 años, donde hubo momentos felices pero también momentos muy tristes. Hasta llegué a tener ataques de pánico. Cuando estamos en relaciones tóxicas nos enfermamos y no sabemos cómo salir. Yo quería salir pero me sentía culpable si lo dejaba. Siempre pensaba que iba a cambiar y eso no sucedía. De esa experiencia aprendí que uno tiene que priorizarse y que no hay que cargar las mochilas de nadie. Me llevó muchos años sanar todo eso.

—¿Y cómo lo superó? ¿Hizo terapia, alguien lo ayudó?
—No. No hablaba con nadie. Me tragaba todo. Pero un día me desperté y dije: nos separamos. Fue una etapa muy difícil, pero hay que animarse a salir. Cuando me separé, me sentí libre. Y sentirse libre y en paz no tiene precio. Y hoy estoy viviendo una relación sana, en total plenitud y sin miedos. La vida es hermosa y pasa rápido, y uno tiene que buscar ser feliz. Y no es ser egoísta. Es cuidarse y priorizarse. Yo llegué a pesar 140 kilos. Fue una época donde me dediqué a trabajar, pero mi parte física y emocional las descuidé por completo. Me miraba en el espejo y no me aceptaba. Me di cuenta que había dejado de quererme a mí mismo. Entonces un día empecé a cuidarme, a hacer ejercicio, a reconstruirme, a sanar, a priorizarme y a restablecer amistades que había dejado de lado. Y sobre todo, me sentí vivo de vuelta.
—¿Cómo llega Ben, su actual pareja, a su vida?
—Siempre decía que ni loco iba a salir con alguien de otro país, pero la vida me hizo conocer a Ben, un brasilero que es de Maceió pero vive hace muchos años en Buenos Aires, donde hizo la carrera de cirujano plástico, y empezamos una relación muy linda. Y justo trabaja en estética, un tema que a mí siempre me apasionó.
—¿Se anima a contar cómo fue la primera cita con él?
—¡Fue la mejor cita de mi vida! Viajé a Buenos Aires y esa noche me llevó a un concierto de violines con temas de Adele en una iglesia con 9 mil velas prendidas. Fue espectacular e inolvidable. Y eso que ese día nos pasó de todo, mil contratiempos, pero fue una cita hermosa. Me enamoró porque me identifiqué con su historia de vida. Él también se crió en el medio rural, fue a escuela rural y soñaba con ser un cirujano plástico importante. Empezó vendiendo churrasquitos en la playa para juntar plata e irse a Buenos Aires a estudiar con 20 años. Luego vendía café en las ferias de Buenos Aires, mientras alquilaba una pensión, y hoy tiene su carrera hecha. Y eso es admirable. Las historias de superación me emocionan.
—Tengo entendido que tuvieron una pausa en su relación y ahora se dieron una segunda oportunidad…
—Tuvimos momentos de reflexión, de pausa, como muchas veces lo necesitan las parejas, y hoy estamos felices compartiendo este presente. Muchas veces tomamos una decisión abrupta y cortamos todo, pero esta vez, me permití darme una segunda oportunidad. Y cuando hay amor, las segundas oportunidades son muy buenas, vienen con más energía, más sanas, más sólidas y más maduras. Para mí es fundamental que haya comunicación, escucharse, decir lo que cada uno necesita para estar bien y ser feliz. Además, Ben tiene valores que se han perdido en la sociedad. No todas las personas son atentas, detallistas, demuestran sus sentimientos, son sinceras, y él tiene muchos valores que no los encontré en años. Es muy compañero. Y lo extrañé mucho. Hasta lloré por extrañarlo. Y esa pausa que nos tomamos me hizo darme cuenta de lo que sentía. Y él me decía que le pasaba lo mismo, y lo noto en sus gestos, en su mirada, en su sonrisa, en su alegría, todo lo que extrañó.
—¿Qué les gusta compartir?
—A los dos nos encanta entrenar, hacer ejercicio, la buena alimentación. Y me encanta aprender de su profesión. Eso me gusta, me atrae, me seduce. Yo tengo que admirar a la otra persona.
—¿Y cómo es Hugo en pareja?
—Soy detallista, compañero, soy muy atento y cariñoso. Soy piscis, soy romántico, soy muy sensible también. Aprendí a no ser celoso y a confiar en la otra persona.
—¿Cómo se lleva con la edad? ¿Le pesa el paso del tiempo?
—Los 50 no me pesaron nada porque me preparé. Siempre decía que iba a llegar en buen estado físico, resuelto económicamente y profesionalmente. Y hoy los 50 los vivo a pleno, los disfruto, me siento con una energía impresionante. Entreno, hago aparatos y Pilates Reformer, cuido mi cuerpo y mi alimentación.
—¿Y su salud mental también la cuida?
—Totalmente. Yo lo viví en lo personal con una ex pareja que se suicidó. Esto nunca lo conté públicamente, pero hoy elijo contarlo porque creo que no puede ser más tabú hablar de lo emocional, ir a un psicólogo, ir a un psiquiatra. Y también buscar ayuda a través de medicinas alternativas. A mí me ayudó mucho una chamana, Sandra Figueroa. También hice biodecodificación, regresiones con Horacio Irañeta y sané muchísimo. Como sociedad tenemos que ayudar a los otros…
—Ese ha sido siempre un sello que lo define, el estar dispuesto a ayudar…
—Ayudar a mí me llena el alma. Hoy tengo la posibilidad de ayudar en todo el Uruguay a emprendedores, a productores rurales, también doy charlas en escuelas rurales y les digo a los niños que sueñen. Y a los adultos también. Porque el motor del sueño lo tenemos que tener siempre vivo. Hay que poner fe y energía y no pensar que no se puede. De niño soñaba llegar a la capital, escribir libros, salir en televisión, y mi familia me decía que estaba loco, y yo lo soñé tanto que lo logré. ¡No sabés la energía que me da soñar! Y hay que golpear puertas. Y tuve muchos “no”, pero seguí insistiendo hasta recibir un “sí”. Si no hubiese soñado todo lo que soñé, hoy no estaría donde estoy.

—¿Y es de ser cuidadoso con quienes se rodea?
—Por supuesto, porque somos energía. Es muy importante elegir las personas que te acompañan en tu vida. Y no tener miedo a cortar con una persona si su energía es negativa. Así como si alguien de tu familia no te hace bien hay que alejarse. Hay personas de mi familia que no veo hace 20, 30 años, porque sentí que no conecto con ellos, y eso no está mal.
—¿Qué conserva hoy del niño rural de Pan de Azúcar?
—La humildad. Yo me llamo Hugo Gabriel, y en mi familia me decían Gabriel, porque era el nombre que mi madre me quería poner. A los 13, 14 años, les pedí que no me dijeran más Gabriel, porque Gabriel Soca no sonaba bien, sonaba mejor Hugo Soca, y les dije que ese iba a ser mi nombre cuando fuera exitoso. Pero en el fondo, Gabriel sigue estando en mí, porque en Gabriel está esa humildad, ese niño soñador, divertido, cariñoso, romántico y sensible. Lo único que no está más es el niño que tenía miedos. Después, sigo siendo el mismo de siempre.
Fotos: Mayu Capote. Texto: María Noel Álvarez. Agradecimientos: Locación: @viasono; Ropa: @bensonandthomas; Estética facial y corporal Dra. Sylvana Caporale @drasylvanacaporale; Estética dental, Dra. Andrea Giani @dentalrestyling.